Contar la cárcel en imágenes – Por Enrique García

El domingo 16 de marzo Enrique García, director de cine y profesor de Historia de la Imagen, y adherido a la Obra Social de La Caixa, con la que colabora con centros penitenciarios, nos presentó su largometraje 321 días en Michigan. Pudimos disfrutar de su presencia y de la película, totalmente ambientada en el entorno penitenciario y que tanto disfrutamos. Fruto de la colaboración con La Caixa nació primero un cortometraje,TR3S RAZONES, que pudimos ver en 2013, y este largo. En la película, que ha sido galardonada con el premio del Público y el de Actor de Reparto en el Festival de Cine de Málaga, Antonio, el protagonista, se enfrenta a una temporada en la cárcel por delito financiero. Joven y brillante ejecutivo, elaborará un plan para que esta mancha no se refleje en su currículum: convencer a todo el mundo de que está en la Universidad de Michigan haciendo un máster. Todo está controlado, todo menos sus 321 en prisión.

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Así nos lo cuenta el propio Enrique:

Así de simple y directo me lo dijeron: ‘¿Quieres dar un taller de cine en la cárcel? Les cuentas cómo se rueda una peli, como preparas el guión, rodáis algo y lo que salga lo proyectamos en el Festival de Cine de Benalmádena’. Y yo acepté sin pensármelo mucho. De hecho tenía muchas ganas de conocer una cárcel de verdad por dentro y contrastar la experiencia con mi experiencia cinematográfica de un mundo (el carcelario) retratado en cintas tan desiguales como Cadena Perpetua, El hombre de Alcatraz, Todos a la cárcel, La Milla Verde, Fuga de Alcatraz… Y entré en la cárcel con mi identificación de VISITANTE. Todo era nuevo: las sensaciones tras el primer chapado, dejar los móviles en la entrada, los largos pasillos, los patios, los internos, los funcionarios… Me sentía como una esponja, tratando de absorber de una tacada la infinidad de estados con los que se encuentra un recluso por cada día que pasa ahí, y todo en apenas una visita de pocas horas; el estado de continua alerta y rutina mezclada con la que los funcionarios pasan las horas de su jornada. Entonces llegó la propuesta que me cambió la vida: ‘en vez de dar una charla o explicar cómo se hace una película, ¿por qué no ruedas algo aquí?’. Y la cabeza se disparó a ritmo vertiginoso. Una vez que pisas la calle de nuevo, tratar de recrear la sensación de libertad del que ha estado recluido años cuando uno sólo ha tenido minutos para imaginarlo. Llegar a casa en silencio y querer compartir las experiencias que había vivido se convirtió en el germen de una historia que quería salir de mí.

Contar a todos que la cárcel no es lo que la televisión nos ha vendido. No hay pijamas a rallas. No hay monos naranjas. Los vigilantes no mascan tabaco mientras escupen con el rifle apoyado en la cintura, parapetados tras una gafas espejo. Los presos no se parecen al casting de una peli española de cine quinqui de los 70 o los 80. Son gente de barrio, con los que te cruzas a diario, gente que no viste de traje, pero no se descarta. Gente que viste cómoda: chandal, vaqueros, jerseys… en la calle no te llamarían la atención. Pero sí sus historias.

El mundo penitenciario se abrió ante mi ignorancia y las posibilidades de imaginar cómo sería el día a día de los internos chocó rápidamente con mi mayor duda: ¿Cómo sería mi estancia en la cárcel? ¿Cómo viviría el día a día yo, un persona de clase media, con estudios, con formación académica, educado en centros públicos? ¿Cómo sería el convivir con internos que cuadren más con el clásico perfil carcelario? ¿Qué ocurriría si entre esos muros te reencontraras con gente de tu pasado que torció sus pasos? ¿Qué supone dormir en la misma litera de un hombre de cuyo perfil criminal huirías en la calle? ¿Puedes enamorarte de alguien que conoces en la cárcel con quién no tendrías ningún tipo de relación en tu entorno habitual? Así nacieron Carmona, un hombre que es carne de talego, ha entrado y salido tanto que se maneja mejor dentro que fuera, todo un kie de patio en horas bajas; Lamís, una ex reina de la belleza que ha tocado fondo por su escarceo con las drogas; y Sara, una joven madre gitana que ha visto como su entorno la abocó a la cárcel, la separó de lo que más quiere y consigue que su corazón no se apague por la luz del sol que entra entre las rejas. Y por supuesto, Antonio. Yo soy Antonio. Ese hombre descreído y lleno de prejuicios que pasa por los estados de miedo, soledad, alegría, agresividad, curiosidad y tristeza cuando los días encerrados marcan tu calendario. Nunca he echado una noche entera en la cárcel, nunca he sido arrestado ni privado de ver a la gente a la que quiero. Pero en más de una ocasión han sido mis horarios laborales los que me apartaron de la vida cotidiana de los horarios en los que la gente descansa de los turnos convencionales (he trabajado en prensa más de 15 años). A base de preguntar a internos, a funcionarios y a familiares, la historia tomó un peso que se plasmó en un cortometraje: TR3S RAZONES. Y fue tal el impacto que creó en la comunidad penitenciaria, en el público que vio el cortometraje por toda España y, sobre todo, el hambre de contar esa historia en mayor formato, que el paso de TR3S RAZONES a largometraje era la opción lógica. Y tras años de luchar preparando una historia que hiciera justicia a la expectación creada por el cortometraje y por la de los propios espectadores del trabajo original (tanto dentro como fuera del mundo presidiario) consiguieron que el soñar con rodar la película fuera una realidad.

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321 días en Míchigan es el relato que nos vuelve a introducir en la cárcel y a reencontrarnos con Antonio, Sara, Lamís y Carmona. Las caras y los nombres son los mismos, pero la historia es nueva y las emociones también. No dejan de ser dos trabajos complementarios. Dos trabajos que me ha regalado muchas satisfacciones pero sobre todo el aplauso de los internos de Alhaurín y espero que cuando lo vean en otros centros, de los presos españoles. Esta historia es para ellos. Para los internos y los funcionarios. Para sus familiares. Para todos los que alguna vez han echado de menos a alguien y no han podido estar con esa persona’.

Enrique García

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