CONSTRUIR NUESTRA LIBERTAD, AHORA – Por Fernando del Valle

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¿De qué hablan los presos? Son temas frecuentes de las charlas las condenas, los plazos y períodos de cumplimiento, la “bajada” de nuevas condenas, las decisiones de las juntas de tratamiento sobre clasificaciones y permisos, las esperas de que los acuerdos “bajen” de Madrid, los recursos ante el juzgado de vigilancia.

Los compañeros hablan de sus condenas, y no es raro que opinen que éstas son injustas, que las causas les son ajenas, o que su duración es excesiva. A menudo se oye que la responsabilidad de lo sucedido es de otras personas: el abogado defensor lo hizo muy mal, los policías mintieron y el fiscal y el juez les creyeron a ellos, el colega los delató, los testigos se acobardaron o mintieron, las mujeres los denunciaron por malos tratos sin motivo. Parece que se habla demasiado de estos asuntos, y si se habla demasiado es que se les da también demasiadas vueltas. Hay quienes deliberadamente se engañan a ellos mismos y pretenden aparentar ante los demás, mostrar una visión falsa de su realidad, con la pretensión de justificarse.

Creo que en estos y otros casos se comete el error de remover incansablemente el pasado; se pierde tiempo y energía en darle mil vueltas a los hechos, juicios y sentencias, pese a que el pasado obviamente no puede cambiarse. Así, no puede cambiare el pasado encerrado en el proceso que dio origen a la sentencia firme. Esta pérdida de tiempo y energía produce rencor, rabia y frustración, desánimo e incluso depresión. Esta actitud con frecuencia trae consigo sentirse y mostrarse ante los demás como víctima de las circunstancias y del sistema policial, judicial y penitenciario. La víctima tira de los demás, especialmente de su familia, busca su compasión y consuelo, absorbe injustamente su energía, intenta que se sientan culpables de ser libres, de no sufrir como él, y les transmite su sufrimiento innecesariamente.

Una actitud así de negativa no soluciona nada y hace que el sufrimiento y la frustración continúe. La necesidad de compasión no se satisface, la dependencia de la compasión de otros persiste.

Sin embargo, se trata de males que están sólo en la mente y que por ello pueden erradicarse.

Creo que es mucho más sana la actitud opuesta: aceptar lo que es, aceptar el pasado, aceptar cada uno de los hechos, que son causas unos de otros, cuyos resultados no pueden cambiarse, aunque sí interpretarse. Aceptar que hay una condena, aún en el caso de que se la considere injusta o desproporcionada, que se está en prisión, que la libertad exterior está tremendamente restringida, que se está sujeto a unas obligaciones y disciplinas, que se está obligado a convivir en estrecha relación con otras personas. Aceptar y dejar de lamentarse, dejar de ir de víctimas por la vida. Aceptar y dejar de luchar es motivo de liberación; liberar la mente de la necesidad de luchar le permite desarrollar la imaginación y una actitud positiva ante la realidad del ahora, que es lo único que existe.

No hay contradicción en aceptar lo que es, y en el fuero interno saber que se vive en medio de situaciones injustas: puede que seamos inocentes, en parte o en todo, de los hechos que nos han imputado; quizá nuestros juicios no fueron bien gestionados y nuestras condenas sean excesivas. Probablemente hay cosas en el día a día de la vida en prisión que en nuestra opinión podrían mejorarse. Pero aceptar es dar por terminada una lucha, una guerra, una etapa, una historia, dejarla atrás, olvidar el resentimiento y el rencor, liberarnos de la necesidad de justificar y convencer, y dedicar nuestra energía a la creación de nuestro presente, que es lo único que existe, en lugar de desperdiciarla, no sólo nuestra energía, sino también la de nuestros familiares.

Se trata en definitiva de asumir la responsabilidad de nuestra vida, de aprovechar el tiempo, de tomar consciencia de que el presente es lo que cuenta; si queremos mejorar nuestro futuro, es ahora mismo cuando podemos cambiar cosas de nuestra vida que no nos gustan. Pero somos nosotros los que tenemos que tomar las iniciativas y decisiones, aunque los medios sean escasos.

La reinserción, la preparación para la vida en libertad no es algo ajeno a nosotros mismos. Es objetivo de los centros penitenciarios, pero los centros tienen tanta responsabilidad en ello como nosotros mismos. Nosotros somos los protagonistas de nuestra preparación para la vida en libertad, de nuestra reinserción. No vale el simplismo de decir que las instituciones no hacen nada o hacen poco. Si miramos a nuestro alrededor vemos a compañeros cuyo comportamiento es ejemplar, generoso, desprendido, que están dispuestos a ayudar, que dedican su tiempo a colaborar en actividades que benefician a los demás. Los que más trabajan por los módulos, por mantener el estatus de módulos de respeto, o para mejorar las condiciones en general, son los que menos se quejan y hablan mal del sistema, que obviamente tiene defectos y puede mejorarse, como toda institución humana.

De nosotros depende aprovechar el tiempo en prisión, tomar iniciativas, colaborar con la comunidad en la que vivimos, ser activos y participativos en las actividades, ser ejemplares en nuestro comportamiento y en nuestras actitudes.

Todo cuenta en definitiva, todo queda registrado, si no en nuestro expediente penitenciario, en todo caso en el registro de nuestra vida: cada acción y cada pensamiento es causa y origen de lo que está por delante en nuestro tiempo. Hoy mismo estamos en plena construcción de nuestra vida futura en libertad.

Fernando Del Valle Vergara

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