CARTA A MI HIJO EN PRISIÓN – Por Fernando del Valle

Querido hijo:

Me apuesto un café a que es una gran sorpresa para ti tener esta carta en tus manos. Casi nadie escribe cartas y jamás te envié una. Nunca es demasiado tarde, la vida siempre espera.

Nuestra vida en el pueblo sigue como cada estación, año tras año. Las fechas navideñas, con sus rutinas y celebraciones, este año están marcadas con la diferencia de que no estás con nosotros; tu ausencia pesa, se la siente, duele, por la añoranza mutua, porque también la tuya la sentimos. Tu madre no para, como siempre, ocupada en cuidar de todas las cosas de casa y de atender también a los dos nietos, ahora que con tu mujer viven con nosotros. Lo hace a gusto y sus quehaceres y su fuerza de voluntad no la dejan tiempo ni ocasión para demostrar el dolor que siente por no tenerte con nosotros; pero yo la conozco, se guarda su tristeza para que los nietos no la vean, y es por la noche cuando se desahoga.

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Yo intento consolarla y a veces lo logro, haciéndome el fuerte, aunque ella sabe cuando la engaño. Así pasan los días y las noches, vamos tirando hijo, la vida sigue.

Sé cómo pasas los días, me has contado cómo son las rutinas de la prisión. Pese a todo me tranquiliza saber que tienes un techo sobre tu cabeza, que comes tres veces cada día, que tienes atención médica, que incluso te lavan la ropa. No pasarás más frío o calor que los que estamos de este lado del  muro. Y seguro tendrás buenos compañeros, siempre has sido un tipo sociable, se te dan bien los amigos.

Pero más que de todo ello, que está bien preocuparse, me pregunto qué pasa dentro de tu corazón; quisiera saber cuáles son tus sentimientos, cómo te ves a ti mismo, si dentro de ti anida el rencor, el enfado y el deseo de venganza o fructifica el amor y la compasión, y la posibilidad del perdón.

Hijo, los seres humanos buscamos la felicidad por todas partes, pero actualmente parece que sólo se puede llegar a ser feliz con el dinero, el éxito y el poder. El amor, la compasión, la ternura parece que son cosas de mujeres y de niños o de hombres blandos, sin agallas. Pero cuidado, el dinero cuando deja de ser un medio y se transforma en un fin es la causa directa de la infelicidad, porque siempre se quiere más. Aparecen las comparaciones, y de allí la envidia y la codicia para tener más y más. Hasta el punto de que muchos van más allá en su ansia de dinero y poder y se saltan los límites. Mira a tu alrededor: todos los delitos tienen el dinero como base: robos, estafas, tráfico de drogas, incluso la violencia pura y dura es el resultado de la frustración y del descontento, del ansia de dominar de aquel que se siente inferior a los demás y se rebela, y se engaña, y necesita de la fuerza bruta para imponerse, porque carece de otros medios, porque imponerse y dominar es la razón de su vida.

Tú has pasado unos límites, es verdad, pero eso no es algo que ha de marcarte por el resto de la vida. Te habrás equivocado, como todos los seres humanos, todos cometemos errores, también los cometen quienes te juzgaron y condenaron y quienes tienen la responsabilidad de mantenerte en prisión o liberarte. Pero tus errores del pasado no pueden afectar a tu dignidad, si tú no quieres. Tu dignidad significa respeto por los demás, y respeto por ti mismo. Por allí se empieza. Empiezas por aceptar la responsabilidad de toda tu vida, de cada acto de tu vida.

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Puede que te hayan tratado mal, que hayan cometido alguna injusticia contigo. Vale. Pero aun así debes aceptar lo que hay y dejar de luchar con lo que no se puede cambiar. Luego debes perdonarte a ti mismo y dejar de sentirte culpable o culpar a los demás. Finalmente descubrirás que este tiempo en que has sido excluido y recluido, si te lo propones, no habrá sido una pérdida de tiempo, habrá servido para aprender. Saldrás de ese lugar dignamente, verás que tu capacidad de amor y de trabajo no sólo está intacta, sino que habrá aumentado, porque habrás tenido tiempo de valorar lo que muchas veces despreciaste por tenerlo como seguro, o no lo valoraste suficientemente. Aplícate ahora en tu día a día. Aprovecha tu tiempo, colabora en las actividades, sé un buen compañero.

Anímate a leer, la lectura es fuente de sabiduría y diversión. Escribe a tu mujer, dile que la quieres y la deseas, y que la echas de menos, como a tus hijos; ella lo sabe, pero necesita oírlo, y tus palabras escritas pueden oírse muchas veces. Ella necesita de tus emociones, como tú de las suyas. No te avergüences de expresarlas, también es cosa de hombres.

Hasta pronto, hijo. Te abraza, tu padre, José.

Fernando del Valle Vergara

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