Benito – Por Jorge Real Sierra

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Los recuerdos de ese día llegan a la playa silente de mi memoria, como quien vuelve de un exilio en el tiempo, abriendo con dedos silenciosos las cortinas que secretamente ocultan los recuerdos de aquellos días.

Del reino de mi niñez revivo aquellos días en que la vida era como un sueño en el que vivía feliz, jugaba en las calles, montaba a lomos de Benito, el borrico de mi abuelo, imaginando que era Platero, o pedaleaba mi bicicleta volando cometas de colores desde donde contemplaba el mundo, cometas que aún siguen volando en mi corazón.

Y llega a mi memoria aquel día. Iba al pueblo a lomos de Benito, cuando la vi. De inmediato pensé que era la niña más bella que había visto jamás. Una niña morena, con una piel tierna de color del pan, y ojos color violeta como la flor del azafrán. Tenía un andar gracioso y una cara dulce que rebosaba ternura. Pasé delante de ella intentando que Benito se detuviera y se arrodillara de manos como le había enseñado mi abuelo, intentando impresionarla con mis habilidades, pero Benito, en vez de hacerme caso se dirigió en línea recta hacia ella. Al llegar a su lado, de pie sobre los estribos de cuero a los que apenas alcanzaba, intenté mostrarle todo lo que era capaz de hacer aquel animal, sin embargo ella no me miraba.

Buscando su atención intenté que Benito retrocediera, pero por alguna razón extraña se quedó inmóvil ante ella. Al insistir, después de un rebuzno de desagrado dio un salto como un potro salvaje que me hizo caer al suelo rodando. Fue entonces cuando ella por primera vez, me miró y me regaló una sonrisa que iluminó mi corazón. Luego, con toda calma, se acercó a Benito y susurrándole unas palabras a su oído logró calmarlo al tiempo que le acariciaba su cabeza con un gesto de ternura. Luego se giró, me entregó las riendas de Benito y antes de que pudiera reunir el valor para darle las gracias, se alejó sin mirar atrás.

Aquella mañana, por primera vez en mi vida, sentí el amor. A veces un poco de ternura basta para romper las paredes más rígidas del alma. Aquella desconocida chiquilla se alejó llevándose un pedacito de mi corazón. Sostuve las riendas que controlaban a un Benito que intentaba seguirla como si también a él, le hubiera robado un pedacito de su voluntad.

Regresé a casa enojado con Benito. Le echaba la culpa de mi fracaso, de mi mudez en aquel preciso momento en que se me salía el alma por los ojos y las palabras se amontonaban en mi garganta. Le conté a mi padre con todo detalle lo sucedido y él me preguntó si no había pensado que si no hubiese sido por lo que hizo Benito, ella no me habría regalado aquella sonrisa.

Me dijo que los burros son más inteligentes de lo que pensamos, que Jesucristo andaba a los lomos de uno, y que a lomos de uno había entrado en Jerusalén.

Aquella noche quería despertar antes de estar dormido, quería que amaneciera, buscar en los resquicios de la aurora la claridad que solo sus ojos me podían regalar.

Al amanecer volví al pueblo, esta vez montado en mi bicicleta. Mis ojos la buscaban en cada calle, en cada portal, con el ansia del que busca un tesoro extraviado, pero no la encontré. Pregunté por ella a algunos vecinos pero nadie parecía recordarla. Me llegué a preguntar si la habría soñado y desalentado regresé a casa.

A la mañana siguiente me enteré que a las afueras del pueblo había llegado el circo con su gran caravana de carretas con sus payasos, tigres, elefantes, caballos, y domadores. El circo era entonces como un sueño que cada año entraba por mis ojos y mi infancia creía verdadero.

Convencí a mi padre, y esa noche me llevaron a ver la función. Reí con los tropiezos de los payasos que me hicieron sentir más niño; salté en el aire junto a los trapecistas dando saltos mortales sobre una red de sueños tejida por mi inocencia. Mirando saltar a los leones recorrí con la imaginación la selva, pero fue cuando salieron los equilibristas que volví a la realidad, mudo de asombro. Uno de los payasos tiraba de un burro disfrazado de cebra, sobre él montaba una niña morena, con una piel tierna de color del pan, y ojos color violeta como la flor del azafrán., que mostraba su habilidad saltando con increíble equilibrio y plasticidad sobre el animal.

Mis ojos se quedaron colgados en ella como una gota de rocío al pétalo de una rosa, abrazando cada uno de sus movimientos con delicadeza.

Una semana entera estuvo el circo en el pueblo, una semana en la que me colé cada día por debajo de la gran carpa para verla con su traje azul cielo de lentejuelas lanzando destellos que competían con los de sus ojos. Una semana entera soñando con formar parte de ese circo sólo para estar a su lado.

Aún recuerdo la mañana que desapareció Benito. Fue la misma mañana en que pedaleé mi bicicleta hasta la escampada donde había estado el circo y descubrí que solo quedaban un par de cajas vacías y los vestigios de su paso.

Nunca encontramos a Benito y a ella nunca la volví a ver. Desde entonces cada vez que la sueño, la veo con su traje azul cielo, de pie sobre un Benito disfrazado de cebra que, sin lugar a dudas, fue más inteligente que yo…

Jorge Real Sierra

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