Alfred, el oso navidoso (un cuento ñoño de navidad) – Por Oscar Principiam

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Alfred, oso polar, que no osito, nos encantaría pues es el típico rudo amoroso, un pelín ñoño, así blanquito y retozón. Pero no podemos olvidar que os estamos presentando a un maganto de trescientos kilos de peso y cerca de dos metros y medio de altura. Realmente le tenemos cariño, y vosotros se lo cogeréis pronto, pero una cosa no quita la otra: realmente es un oso enorme, mal encarado a veces, sumamente energúmeno y letal. Que se lo pregunten a su almuerzo preferido: las focas, tan lindas ellas, tan rellenitas de la grasita útil y necesaria a nuestro Alfred.

A lo que íbamos: andaba él saltando de placa en placa de hielo, aprovechando cada saltito para regodearse de su propia fuerza y afilarse de cuando en cuando sus pérfidas uñas. Algunos dicen que estos ensayos los realiza de forma inconsciente e instintiva, nada más lejos de lo que parece al verle ponerse de pie retando a sus vecinos, observando su propia imponente sombra y frotando uñas contra uñas asegurándose de que ninguna tenga mal aspecto, practicando el baile mortal. A veces parece más un gatito presumido que el rey de aquellas escarchadas extensiones.

Pues eso, que iba así coqueteándose a él mismo cuándo de pronto, sin darse cuenta, un sobre de papel se le pegó a una de sus garras, se vio terriblemente torpe para lograr arrancárselo con la otra sin despeinar su relamido pelo. Lo dicho: ¡Qué ñoño¡

Al final consiguió despegárselo buscando un sitio relativamente seco para posar el culo, y con

sumo cuidado lo cogió con sus incisivos poquito a poco, tirando de él suavemente. Despegado ya, lo posó en el suelo y se quedó mirándolo pensativo.

Era una carta, había visto ya algunas, pero diferentes a aquélla, revueltas con más pápeles en la basura que tan amablemente dejaban por allí los simpáticos exploradores que a veces los visitaban incordiándolo al hacerle fotos furtivas sin que él pudiera adoptar una pose adecuada a su elegancia.

El sobre seguía cerrado, lo leyó con cierta dificultad, (sí, ¿qué pasa? Alfred sabe leer, ¿envidia?, o ¿qué?) en una grafía algo emborrada se podía leer el destinatario: “Papa Noel” e iba dirigido hacía el Polo Sur. Alfred comprendió que algo no cuadraba en aquello, entrecerró los ojos cómo hacía siempre para que trabajaran mejor sus neuronas y entonces le vino a la memoria un señor panzudo, vestido de rojo que había visto alguna vez en uno de esas basuras volátiles. Recordó que a ese hombretón se le asociaba con una fiesta que llamaban Navidad en la que los humanos se regalaban cosas y siempre aparecían sonrientes frente a un centro comercial del Corte Inglés.

Por fin encontró lo que no cuadraba en aquella carta: la dirección estaba equivocada: ¡Papa Noel vivía en el Polo Norte no en el Sur! Leyó el remitente: aquél niño se llamaba Teo y no iba a poder recibir sus regalos si la carta no llegaba a su panzudo destinatario.

Volvió a entrecerrar los ojos, ahora intentaba decidir si debía abrir la carta, le tentaba la curiosidad de saber qué le pedía Teo a aquél gordo Papa Noel. Transcurría el tiempo, Alfred no pensaba demasiado rápido, la verdad.

¡Decidido¡ Abrió la carta y leyó: “Querido Papa Noel del Polo Sur: Soy Teo, vivo en una aldeíta cercana a Berna, eso está en Suiza, a lo mejor te suena por que es dónde algunos señores famosos de esos que salen en la tele vienen a guardar sus huchas. -¡Qué inocente¡, pensó Alfred- Tengo 8 años y me he portado muy bien en el colegio, en las notas sólo salen sonrisas. Con mis papás también he sido bueno, ayudo a mamá a hacer la cama y la comida y a papa le llevo el periódico y le pregunto cómo le ha ido el día porque mi mamá no le pregunta y así me habla de lo mágicas y anónimas que son las huchas de esos señores y la clara pobre sinceridad que tiene la nuestra. También me habla mucho de Bertrand Russell, dice que le hable a usted de él, que escribe muchas cosas chulas sobre la religión y las huchas, dice que se lo recomiende y que se lea usted algo de él. Y ya está. Te quería pedir un par de regalos. Yo quiero una bici que no tenga ruedines detrás que ya se llevarla bien y se me ha quedado pequeña la otra. Para mi madre, cómo le gusta mucho la música, creo que le haría mucha ilusión un nuevo I-Pod de esos que también tienen juegos, y para mi papi cualquier libro de Russell que no hace más que hablar de él. Y nada más querido Papa Noel, que se abrigue usted, que allí tiene que hacer mucho frío. Muchas Gracias y cuídese. Con cariño, tu amigo Teo.”

Alfred quedó un poco desconcertado al terminar la carta. Le asaltaban dudas. El padre de Teo parecía ser uno de esos que no creían en esas fiestas: ¿Sería él quién había confundido a Teo con la dirección? ¿O directamente Teo habría escrito la carta sin consultar a nadie? Se decidió por esto segundo. ¿Dónde estaba Suiza?, ¿Qué era un I-Pod? ¿Cuántos libros tendría Russell?

Otra vez entrecerró los ojos para pensar. Se le estaba quedando el culo helado y la cabeza le empezaba a doler. Ahora pensaba en qué hacer. Decidió acercarse a una de las estaciones que los humanos, era un largo trecho pero así conseguiría calentarse el culo y seguro que por el camino se le ocurriría alguna solución caminada.

Otra determinación: lo importante era Teo, así que dejó de pensar en sus padres y se concentro en él. Ya estaba muy cerca del refugio, ralentizó el paso y sintió su triunfo: allí estaba, una bicicleta en el exterior del edificio principal. Un problema resuelto. Ahora a ver dónde estaba su casa. Y entonces encontró una solución de esas caminadas: pedir ayuda a su amigo Mauricio el pelicano, le pediría que se metiera en el refugio y buscara en algún atlas Suiza. Así que se puso a llamarle: ¡Groar, groar, groar, groar…¡

! Te tengo dicho que no incordies, maldito oso bipolar!” le gritó Mauricio posándose en la cabeza de Alfred y picoteándole en la oreja. Alfred se lo sacó de encima con un deliberado y débil zarpazo para no despanzurrarlo contra el suelo. Suspiró olvidándose de los picotazos y le informó:

! Tenemos un amigo en apuros Mauricio ¡”, “¿Qué amigo? Le preguntó el pelícano sorprendido. Alfred le resumió la situación y Mauricio, sorprendiéndole realmente, se puso a su disposición de inmediato, aunque claro Alfred creyó que era por su irresistible atractivo: ¡Qué oso más ñoño y creído!

Así que se introdujo en el refugio formando un circo espectacular, todos los exploradores intentando capturarlo, tirándole sus abrigos por encima, Mauricio zafándose, total: un show, hasta que vio el atlas, se lo metió debajo de su pico haciéndolo crecer desmesuradamente ante la estupefacta mirada de los hombres que se pellizcaban entre ellos asegurándose no estar soñando. Salió volando y los exploradores los vieron huir juntos, Mauricio en brazos de Alfred que conducía la bicicleta delicadamente intentando esquivar las basuras por allí esparcidas y tatareando feliz: Normal: volvieron a pellizcarse.

Ya lejos, se sentaron a mirar el atlas con detenimiento. Encontraron Suiza. Resultaba estar demasiado lejos. Alfred volvió a mirar la dirección de Teo mientras Mauricio le recordaba que tan sólo quedaban 2 días para la entrega. “Teo Joueter, Strudel Strasse 5, Kopfjarden, Berna, Suiza”.

Mauricio miraba extrañado a Alfred que abrazaba la bici fuertemente con los ojos cerrados, concentrado y susurrando una cancioncilla, no se daba cuenta de que tenía un plan. Se levantó una pequeña tormentita de nieve reducida al bulto que formaba Alfred y la bicicleta y de pronto, dejaron de verse. Al disiparse la nieve apareció la bicicleta envuelta en un papel celofán granate precioso, con un gran lazo blanco en su parte superior dónde podía leerse en laboriosas letras negras el nombre de Teo y debajo en unas más pequeñas su dirección.

Alfred, normal, limpió con gran disgusto las babas de asombro de Mauricio. Al notar el contacto de Alfred Mauricio sintió un escalofrío que recorrió todos sus huesos y plumas hasta terminar en su pico y serenamente le preguntó a Alfred: “¿Qué me has hecho? Me siento raro, raro, raro”, “No estoy muy seguro” dijo Alfred mirándose extrañado la zarpa.

Debemos hacer nuestra esa dirección, agarra esa punta del paquete y concéntrate en Teo y su casa todo lo que puedas, así cómo lo hago yo”. Entonces los dos repetían al unísono sin darse siquiera cuenta la dirección, la murmuraban una y otra vez con un ritmo melódico casi inaudible. De su unión se fue formando una nube que poco a poco se convirtió en un pequeño tornado. Su giro incesante hizo perder la conciencia a los dos amigos. El ciclón viajero alzó el vuelo formando arcoíris al acariciar al sol. Era un espectáculo formidable que volvió a provocar pellizcos entre los exploradores. Lo perdieron de vista, pasó un rato, anocheció y Alfred y Mauricio seguían unidos a su paquete y destino, inconscientemente apiñados. De pronto se esfumó el último arco multicolor y todo cesó.

El sol reflejado en el blanco cartel malograba aquellas letras. Alfred, ya despierto, volvió, una vez más, a entrecerrar los ojos y pudo apenas distinguir: “Strudel Strasse”, con el corazón volcado, mudo, despertó a Mauricio que asomaba roncando bajo la nieve: “!Mauricio, mira¡”, y Mauricio miró, y claro, se desmayó: Habían llegado a la calle de Teo, pero ¿Cómo, cómo era posible? No recordaban nada del viaje, solo lo intuían, Alfred, porque Mauricio no terminaba de despertar.

Ya despierto el pelícano vio al amoroso oso más blanco que nunca. Miraban al paquete, luego al cartel, luego se miraban otra vez y vuelta a lo mismo. Hasta que oyeron un grito despavoridamente femenino que les hizo reaccionar. Una mujer los había visto allí sentados y ahora huía agitando los brazos.

Alfred gritó a Mauricio: “¡Corre, tenemos que buscar el número 5¡” y cayeron en la cuenta de que estaban enfrente y de que posiblemente aquella mujer histérica fuera la madre de Teo. Resolvieron entonces acercar el paquete a la puerta, tocaron al timbre y se escondieron tras unos setos nevados.

Y apareció: Era pequeñito, rubito, no paraba de sonreír aleteando con los brazos y llamando a gritos a su padre. Éste bajó las escaleras y se encontró con el hijo que unía su histerismo al de su madre que había regresado. El padre intentó tranquilizarlos, dijo a Teo que abriera el paquete y aprovechando la distracción de éste le susurro a su mujer: “Precioso, pero no creo que fuera necesario que montaras este paripé tan exagerado, ¿no?”, la mujer, que no sabía porque cambiar su histerismo, si por amor o por enfado, le contestó, decidida, con amor: “Anda cariño no seas tonto y dame un beso” Ambos se besaron enamorados de nuevo mirando la inmensa alegría de Teo, que al verlos besarse más contento se puso todavía, hacía tanto tiempo. Todo cuadraba para todos, incluso para aquel escritor gordo…

Veis cómo al final había que cogerle cariño al ñoño oso….

Óscar Principiam

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