La gran muralla – Por Oscar Principiam

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No! ¡Otra vez no! Simplemente se enfadaba, ya ni se sorprendía. Un nuevo siete dejaba entrever sus calzoncillos de la roja. Intentó recordar cuántas noches había disfrutado esta vez de su pijama de seda, ¡Sí¡, seda lo llamaban y seda parecía al desdoblarlo de su cajita, aunque tras las sacudidas de su primera agitada noche de sueño su tacto se pareciera más al papel cebolla que a aquella delicada, sensual y mítica tela. Pensó en hacérselo saber a su compañera en aquel momento, pero renunció. Sabía que en el devenir del día muchas más cosas irían malográndose y añadiéndose a la lista mortuoria.

Decidió no ir de enfado en enfado, sólo apuntaría las bajas en una de sus libretitas regaladas. Tomó la pluma nueva sin saber que, por supuesto, ésta también había preferido desparramar su tinta por la mesita de noche donde descansaba en lugar de seguir trabajando, otro cadáver más a la lista. ¡Un chollo! pensó al adquirirla por sólo dos monedas cuando antes de “La Gran Muralla” mínimo costaba hasta diez veces más. Se entretuvo un momento cavilando en el posible arreglo de su no-oriental mesita, en cómo podría arreglar el entuerto sin que su compañera lo notase. Sabía que si ella lo descubría arremetería contra él pues no le hizo ni pizca de gracia soltar aquel dineral por ella, pudiéndose haber apropiado de una del sol naciente por una cantidad irrisoria.

No encontraba la solución y sintiéndose turbado buscó y halló otro enfado más, sus bolas anti estrés de oriente languidecían pinchadas, resignado anotó esta nueva ruina. No pudo evitar caer en la cuenta de que aquellas libretitas se amortizaban por sí solas dando cuenta del fallecimiento de sus paisanos.

Entretanto se le hacía tarde para el trabajo, decidió dejar pasar el tema resolviendo salir tal cual para evitar encontrarse con alguna otra baja en forma de toalla, esponja o aperos de afeitar.

Bajó las escaleras temeroso, casi con los ojos cerrados, sesgados, ¡que ironía, se estaba convirtiendo en uno de ellos! Yendo de esta manera ocurrió: Mario, su hijo pollo, le esperaba al pie del último tramo vociferando: “¡Papá. Papá!, lo siento olvidé que tenía que entregar hoy una redacción sobre la conquista china y la construcción de su gran muralla. Dime algo para dar por lo menos una charla en lugar de entregar un trabajo escrito”

Haciendo gala de una paciencia infinita le contesto:” Mira Mario,-inspiro profundamente intentando bajar algunas unidades las pulsaciones de su ya de por si agitado corazón – ya puestos a cambiar texto por discursito también puedes trasladarte de aquella lejana época a la nuestra más actual” Mario lo miro un tanto ofuscado, no terminaba de comprender pero su padre, sin dejarle pronunciar palabra, prosiguió: “Atiende, es fácil, muy visual, sencillamente aún nos invaden. Estuvieron dormidos, agazapados durante casi un milenio pero ahora espabilaron en nuevas e ingeniosas formas. Te cuento…

Primero llegaron con sus restaurantes, haciéndonos ver que hasta ese momento nos habíamos estado gastando demasiado dinero en comer, sacándonos de nuestra ignorancia y mostrándonos como unas pocas monedas incluían: apunta si quieres Mario le miro excitado, pero el joven vástago comenzaba a no poder mirarle sin ruborizarse-, pan en forma de chips, arroz en forma líquida, unos fideos larguísimos, 50 nuevas clases de verdura, 10 ó 12 tipos de carne –descubriéndonos animales nuevos que comer-, otras tantas clases de pescado y marisco, más arroz, ahora dulce y con cocos que dan leche, unas sonrisas eternas y unas palabras indescifrables. Tanto triunfaron que todos pusimos un Wok en nuestras vidas, o nos lo llevaron directamente a casa servicialmente, sonriendo incluso cuando no obtenían propina. Luego llegaron las tiendas de los veinte duros, no creo necesario hacerte el inventario interminable de éstas – Mario miró al padre y se vio obligado a disimular mirando a su alrededor, haciendo cómo que memorizaba objetos, insinuando con los dedos que contaba -.

Al tiempo fueron introduciendo, primero en los todo a ´60 céntimos y luego en tiendas exclusivas, prendas de vestir y nuestras mujeres se fueron enropando en bragas chinas, obligatoriamente repuestas tras 5 usos rutinarios o 1, ya lo comprobarás, impetuoso o sangrante. Pero total, no importa, sólo costaban 3 duros. Naturalmente arrasaron.,- Mario se impacientaba por momentos-.

Más tarde, como no, fueron una pompa más de la tan internacional burbuja inmobiliaria.

Destronaron a los árabes de su hegemonía en el mundo de los locutorios y las oficinas para mandar dinero rápidamente, obviamente a sus países.

Y ahora –en ese preciso momento la tele daba el anuncio- tienes a Rakuten, el portal número uno en ventas online, promocionado por nuestro saludable y rollizo cocinero de fama. Basta ver que 15 segundos de este anuncio en ´prime time´ equivale más o menos a la compra de 2 o 3 de nuestras occidentales y embargadas viviendas” Se detuvo unos instantes, Mario no parecía comprenderle del todo y añadió: “Hijo, eso es todo, no me pongas esa cara, sabes que creo que la Historia es un ciclo que se repite y esto es sólo una nueva vuelta en ese ciclo. Si quieres lo puedes relacionar con Heráclito, ¡Grande Heráclito!, el pobre se revolvería en sus cenizas si pudiera comprobar de qué manera la Historia le esta dando la razón “

Mario observaba a su padre que ahora respiraba más tranquilo, al menos a él parecía haberle servido de algo aquella historia. Aún sin parecerle mala del todo no estaba, por supuesto, dispuesto a soltarla en clase, prefería suspender manteniendo su imberbe y apreciada popularidad. Además no era la mejor manera de romper el hielo ante Kim, la chica recién llegada de Shanghái y que tan poco había tardado en frecuentar sus sueños.

Se despidieron y el padre se quedó allí, mirando a su hijo pensativo, imaginando que estaba reconstruyendo su discurso en su puntiaguda cabeza, creyendo haberle solucionado la papeleta aún a costa de su occidental dignidad. Solo lamentaba una cosa: no ser lo suficientemente crédulo para tener esa fe cristiana, la que recompensa con el paraíso. Creía poder pensar que en la otra vida podría descansar de los todo a 100 y las cosas allí no se romperían con tanta frecuencia.

Óscar Principiam.

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