Un cementerio o una casa – Por Mª Victoria Romero

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Quiero comenzar, como creo que no puede ser y no debe ser de otra manera, agradeciendo la petición de colaboración en esta revista por parte de su equipo editor.

Me incorporé recientemente a la Capellanía de la Pastoral Penitenciaria de este Centro, y desde entonces todo han sido oportunidades para aprender y aprender. Todo me huele a nuevo. Me sabe a diferente. Miro con ojos de niña asombrada todo este entorno de muros, rejas y seguridad. Escucho el palpitar de corazones y esperanzas. Y toco el dolor y el arrepentimiento, en las vidas de personas normales y sencillas, que un día tropezaron.

En el poco tiempo que llevo recorriendo las calles y los módulos de esta cárcel, he tenido la ocasión de conocer historias de retazos de vidas, rasgadas por las circunstancias y las equivocaciones. Aún resuena en el fondo de mi recuerdo, un compartir sincero con un interno de un módulo, que solo él conoce. Y como a fuego se grabaron aquellas palabras en mi memoria. La cárcel es un cementerio de personas vivas. Toda una bomba para la conciencia social. Los centros penitenciarios, como los Campo Santos, se sitúan en las afueras de núcleos urbanos. Lejos de donde la gente pueda venir sino es con una intención clara. Son lugares de silencio. De dolor. De simetría. Espacios con muros altos que impiden ver el interior. Creo que no es necesario que siga describiendo las semejanzas.

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Las diferencias sí que quiero subrayarlas. Y ponerlas con mayúsculas. AQUÍ VIVEN PERSONAS. Y me gustaría que este papel pudiera gritar y trasmitir, lo que afortunadamente solo se puede descubrir, entrando y abriendo la mente y el corazón.

El primer día que tuve oportunidad de compartir un poco de conversación con unos internos, me preguntaban cómo veía eso desde mi inexperiencia.

Y hoy, como entonces, volvería a decir lo mismo: “Esto es una gran ciudad, porque por las dimensiones, creo que debéis ser muchos. Y aquí, como fuera, debe haber distintos tipos de personas, más buenas y más equivocadas.”

Y en este contexto, el reto que se me plantea, desde la Capellanía, es apasionante: Caminar, Acompañar, Escuchar, Atender, Celebrar, Compartir…. y un largo etcétera de verbos en el Verbo; en la Palabra; en el Señor; en el Amor de quien nos dijo que: “Estuve en la cárcel y vinisteis a verme… en verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mateo 25,36-40)

Y aquí y de manera tan sencilla, discreta y profunda, Jesucristo se hace presente. Y desde Él la vida se puede ir reorientando; las heridas sanando; la ilusión estimulando y una nueva oportunidad de empezar, germinando.

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Quiero terminar, como empecé, con un gracias a todos/as quienes me habéis acogido y hecho sentir como “en casa”: compañeros de la Pastoral, voluntariado, internos/as, funcionarios/as, directivos/as y todos/as los que vais haciendo que este lugar sea un espacio de humanidad, de luz, de color, de sabor y de sentir, que todas las personas merecemos y necesitamos una mano que nos levante cuando nos hemos caído.

Mª Victoria Romero Hidalgo

Capellana de la Pastoral Penitenciaria

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