Justicia en un mundo sin fronteras

La aurora de este Tercer Milenio ilumina la Facultad de Ciencias de la Educación en un escenario inédito para la humanidad. Pasamos de las sociedades industriales a las sociedades de la información y de la educación, en un salto mortal para el viejo esquema de las comunidades, más o menos estables y predecibles. El panorama de hoy se parece más a los pronósticos meteorológicos en los que un mínimo cambio produce efectos desmesurados que escapan a la estadística y a la cuantificación esperadas, que al optimismo planificador de los iluministas con su culto oscuro a la diosa inculta de la Razón. La ciencia entró en una especie de paroxismo en el que el último descubrimiento bautiza un nuevo campo de investigaciones, y la ramificación del primitivo y viejo árbol de la Filosofía está empezando a dar frutos inesperados, muchas veces benditos otras peligrosos, pero siempre fascinantes para la curiosidad innata del brujo humano. Hay mucho más parecido entre el mundo clásico del “mare nostrum” y el de mis abuelos, que entre este universo globalizado que hoy ven mis ojos y el que vera mañana mi nieto, cada vez más lejos de mi visión y hasta de mi imaginación.

Si nos detenemos un instante a mirar el pasado – gesto cada vez más difícil, frente a la avalancha de futuro – veremos que nuestra historia occidental solo registra dos épocas de esplendor más o menos similares. Por un lado el Renacimiento que, sin duda, es el motor de la modernidad y, por otro, más lejos y confinado en sus propios límites, el tiempo de los Pericles y los Sócrates, los Heráclito y los Aristóteles en el que empezaron predicando jonios y milesios sus doctrinas que dieron origen al pensamiento como actividad productiva en sí misma. Pero si bien estos ciclos de fervor creativo se repiten, hay diferencias no superficiales que convendría revisar entre el siglo de Platón y nuestro siglo de la información y la informatización.

En su perpetua búsqueda del equilibrio, los griegos hicieron grandes descubrimientos en todos los campos. No se limitaron a mejorar el avance técnico y artístico, también quisieron mejorar “al hombre” para que fuera digno de la sociedad embellecida por los adelantos. Y en esta misión sagrada, la voz de Sócrates, se alzó sobre toda prerrogativa para interpelar a unos y otros: ¿Qué es la Justicia?, pregunto por igual a nobles y esclavos, a demócratas y tiranos. Y la primera respuesta era el eslabón para una larga cadena que iba desde la oscuridad irracional y casi animal que arrastramos como pesada herencia al leve resplandor de las tinieblas iluminadas por la conciencia.

Quiero recordar, sobre todo, este magnífico alegato contra los aparentes beneficios de la injusticia que es la “República”, de Platón. Creo que nuestros tiempos post-modernos han sido encandilados nuevamente por estos mismos sofismas: ¿Por qué el justo sufre penurias a lo largo de toda su vida, mientras el inocuo, el ladrón y el criminal gozan de los beneficios de sus crímenes sin recibir el castigo que prescribe la ley? ¿No será la Justicia una cuestión de apariencias?

La confusión se agiganta en nuestras plazas, y en nuestros políticos, donde prevarican hasta los Magistrados de las Cortes Supremas conformadas a dedo por los demagogos de turno, se designan Próceres por Decreto- Ex Presidentes de dudoso ejercicio pasan a ser Senadores vitalicios, sin voto, pero con inmunidad parlamentaria de por vida- y donde la justicia no es más que la sirvienta de la política entendida como simple y ramplón personalismo partidario.

Cuando parece que estamos de nuevo frente al viejo problema de la Justicia como ideal frente al enfermizo sistema de lo real, Platón recurre al mito, inagotable fuente donde todos, pensadores y mercaderes, podríamos contemplar un pensamiento encarnado en fábulas.

El mito nos hace vivir las ideas abstractas como si fueran hechos cotidianos. Lo fantástico disfrazado de trivialidad, como el pastor Giges, que encontró un anillo mágico que tenía el don de volverlo invisible a voluntad. ¿Qué potestad no tendría un simple mortal capaz de cometer las acciones más sublimes o las más atroces sin ser visto? ¿Seguirá siendo honesto a pesar de la ventaja que le concede el anillo? ¿Lo usará para el gran beneficio de todos aunque esto signifique alguna desventaja personal?

En el diálogo de hace casi 2400 años, casi todos los participantes menos Sócrates, reconocen que hay algo intrínsecamente perverso en el hombre y que, sin la debida vigilancia, como el pastor invisible del anillo de Giges, todos somos víctimas de la ambición y el pillaje. Como siempre, la explicación más simple es también la más sospechosa, porque si el sofista recurre al egoísmo natural y primitivo, Sócrates apela a la razón que está jerárquicamente por encima. Por otra parte, el bien que obtiene el injusto en su beneficio es infinitamente menor que el daño que debe ocasionar al conjunto, y esta misma desproporciona, si el mismo tuviera conciencia de su magnitud, “atajaría la mano que empuña la espada, o daga”

Sigo prefiriendo como Sócrates la idea del mal como ignorancia del bien, antes de condenar anticipadamente a todos los hombres como perversamente inicuos. Sigo pensando que los adelantos de nuestros tiempos dejaron atrás la escala de valores. La tabla de piedra con el decálogo ha sido hecha pedazos con los adoradores del ídolo de la tecno manía, pero sus fogonazos como siempre, terminarán en ceguera. Sigo pensando que los gobernantes de la trinidad de poderes en las repúblicas latinoamericanas, por ejemplo y en esta España nuestra, tienen el anillo de Giges de la impunidad. Saben de antemano que pueden calumniar, exilar, secuestrar, robar, torturar, sobornar, humillar y corromper a individuos, familias y sociedades enteras sin tener que rendir cuenta de sus actos. ¿No es el anillo de Giges hecho a la medida, de políticos, dictadores y oligarcas de baja monta? Dueños de una voluntad omnipotente son y se sienten invulnerables. Y no es bueno que el hombre no tenga límites, porque se creerá el dueño de la heredad y del cuño, como ya nos lo enseñó ensañándose, con la madre Historia.

Por eso cualquier investigación ciudadana es siempre bienvenida. Que personas comunes se interesen vivamente por los asuntos del Estado es la salud de la Democracia como sistema de delegaciones y de representaciones. Todos somos fiscales en la causa común de una sociedad organizada. Los gobernantes deben saber que están siendo observados en cada mínimo acto público del desempeño de sus funciones, ya que el poder fácilmente pasa del uso al abuso cuando los mecanismos de control se debilitan.

El “anillo de Giges” de la impunidad se hace visible a través de los documentos, testimonios y evidencias que dejan a su paso los usurpadores del presente y del pasado. Y entonces, este rastreo de las huellas se transforma en pistas a seguir obsesivamente para conocer en detalle las macabras maquinaciones de un Estado cleptómano y a partir de ahí buscar el bálsamo sanador que nunca será el olvido para recuperar la plena dignidad del ejercicio ciudadano que no debe delegar en ningún representante, porque la dignidad no se delega.

Universidad de Granada. A 21 de Noviembre del 2013

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