¿A dónde han ido a parar mis musas?

[Por Antonia A.]

He escrito desde siempre, desde que era una niña que con un diario fantaseaba. Siempre he tenido una inspiración, pero mis musas han desaparecido. Generalmente cada escritor tiene su musa y si lo buscas en la enciclopedia su definición es: “la personificación de algo se supone que inspira a los poetas y artistas en sus creaciones”. He vuelto a leer papeles amarillentos por el paso del tiempo con mis pensamientos, no me reconozco y me he dado cuenta que quizás el problema es que ya no sueño despierta. Antes volaba mi pensamiento, recordando vivamente momentos pasados y divagaba fantaseando en momentos que quisiera haber podido vivir.

Pero año tras año en esta prisión he ido perdiendo ilusiones y he dejado de soñar. La cruda realidad me mantiene en las cuatro paredes de mi celda, lo único que sigue igual es escuchar música y mirar a través de mí enrejada ventana. Ni siquiera se lo que miro, siempre es lo mismo: los olivos, los montes, la carretera. Y en eso ha consumido parte de mi juventud aunque mis ganas de vivir van en aumento. Pero sigo con la idea fija que me ronda: ¿a dónde han ido a parar mis musas? Ya no me reconozco en lo que años atrás escribía. Es como si fuese la vida de otra persona. Le he tenido tanto miedo a la soledad que sin querer he llegado a amarla. Y mi soledad está en los momentos en los que escribo, en los que me sumerjo en mis pensamientos y solo escucho el murmullo de mi bolígrafo. Y en los largos monólogos que escribo, me siento como una loca solitaria. Pero aunque loca, siempre una libertaria. Y ya no quedan lagrimas, porque aquí todo el mundo llora, la cárcel está hecha de las lagrimas de los que aquí vivimos, de gritos silenciados, de arrastrar nuestras penas, nuestras cadenas… y a veces quisiera correr de la tristeza pero la tristeza corre más que yo. Y aquí sigo luchando en esta estrecha vida, dando mordiscos al aire, zarpadas a esta pesadilla de este nuestro sin vivir de levantarse cada día para no hacer nada y acostarnos sin nada hecho. Me pongo a buscar mi inspiración y solo encuentro silencio, me intento encontrar en la noche pero me pierdo y antes hubiese escrito con humo sino hubiese tenido tinta, pero es que mis musas se han ido y no se donde buscarlas.

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2 comentarios sobre “¿A dónde han ido a parar mis musas?

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  1. Hoy he discutido con un compañero de trabajo. Decía que los presos deberían pagarse su comida. Infinitamente más malvados que muchos funcionarios de prisiones son muchas personas “horadas” que en su vida han tenido nada que ver con la cárcel. Y lo peor es que el tiparraco milita en el Partido Socialista (a eso debe su puesto de trabajo y el de su hija) y sabe que yo pasé siete años en prisión en época de Franco.

    Con semejante material humano está hecha una parte importante de nuestro país.

    Hace 36 años que salí de la cárcel. El sábado 8 de mayo de 1976 es mi segunda fecha de nacimiento. A veces mis pesadillas me traen de nuevo a ese lugar como si el tiempo no hubiera pasado y estos últimos treinta y seis años hubieran transcurrido entre rejas.

    No hay mal que cien años dure. Aunque los neofranquistas que nos gobiernan quieran instaurar una cadena perpetua encubierta. Gallardón tiró al fin su máscara progresista y muestra su verdadera naturaleza.

    A mi estancia en la cárcel debo mi afición a los viajes y al montañismo. Cuando recuperé la libertad me mareaban el tráfico y los ruidos de la ciudad, me perdía en los centros comerciales y las multitudes me agobiaban. Ya no me acordaba de como funcionaba un ascensor. Me perdía ante tantos botones. Lo mismo me ocurría con las máquinas de tabaco o de bebidas. Sin embargo, el instinto de perderme en la naturaleza, más primigenio que la sociedad urbana, lo había conservado intacto. Me orientaba perfectamente, disfrutaba con los paisajes y los sonidos del campo y en pocas semanas recuperé mis facultades. Mis pies, desacostumbrados a andar por suelos irregulares, encallecieron. Se me formaron ampollas, pero aquello era cosa menuda comparada con el placer de volver a ser libre. A las puertas de la vejez, espero y deseo conservar esas facultades hasta el último momento, no verme postrado en un sillón y confinado entre las cuatro paredes de mi casa.

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