Cómo ha cambiado la cárcel (y II)

Por José Carlos Medina

Birdman of Alcatraz, Burt Lancaster
Burt Lancaster amaestra un gorrión en Birdman of Alcatraz'

[Continuación de la primera parte]

Los patios de las antiguas cárceles, como la desaparecida prisión de Granada, se convertían en una especie de circo. Recuerdo que en uno de sus recovecos se vendían gorriones pintados de colores. Los amaestraban de forma increíble. Los ‘alpistaban’, es decir, les daban de comer alpiste a modo de golosina como el que da  de premio un terrón de azúcar a un caballo. En el momento en que aquel pajarillo de color gris degustaba el manjar, quedaba enganchado como si de una droga se tratara. Introducían ese grano en una caja de cerillas que luego agitaban para atraer al gorrión. Ese ruido inconfundible servía de reclamo para que el pajarillo se posara en el hombro del que portaba la cajita, de entre los doscientos reclusos que deambulaban por el patio.

En otra esquina se creaba un bingo con sus cartones y todo lo necesario para apostar. Si reunías una línea te solucionaba todos los cafés de la semana y si cantabas ¡Bingo! triunfabas y el tabaco te salía gratis. Se solía montar a media mañana. Uno de los compañeros se encargaba con mucho arte de nombrar los números que iban saliendo. Cada uno por su alias: la niña bonita (15), los dos patitos (22), la pareja de civiles (55)….

En otra banda se hacían tatuajes que se pagaban con tabaco o dinero ya que, por aquel entonces, existía moneda de la calle. Casi siempre se hacían los típicos ‘tatus’ talegueros: ‘Amor de madre’, ‘Kíe 13’ y, el que más me gustaba, ‘Cuanto más conozco a la gente más quiero a mi perro’.

Cada uno respetaba la zona ajena aunque a veces saltaba la chispa. No voy a entrar en el debate ni en polémica de si la cárcel de antes era mejor o peor que la de ahora. No había opciones, teníamos que convivir a la fuerza y eso obligaba a vivir, más o menos, en armonía. Desde el facineroso al conflictivo, pasando por el primerizo o el pardillo que no se enteraba dónde estaba, hasta el mariquita o el travestí de turno. A todos se les daba su espacio. Éste último asumía el rol que él quería. Se le trataba como se sentía, por lo general, como una mujer. Se le podía ver por el patio contoneándose con su andar femenino, a veces con su cubo en el brazo y pregonando a gritos, como si de un mercado fuera: “¡Señores! Se lava la ropa a buen precio, menos gayumbos y calcetines. Eso los laváis vosotros, ¡guapos!”.

Por eso digo que el respeto era natural puesto que nacía de lo más profundo de nosotros. Hoy en día hay módulos de respeto. Bueno, de supuesto respeto porque, desde mi experiencia, ese respeto es obligado e impuesto. Sólo es mi humilde y modesta opinión. Lo que quiero decir es que antes los patios los hacían los presos y ahora los presos no son los protagonistas.

 

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4 comentarios sobre “Cómo ha cambiado la cárcel (y II)

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  1. enhorabuena por le articulo… una alegria por el como han cambiado las comodidades dentro de ésta, pero toda una lástima tambien, el cambio de las personas en el aspecto del tema del compañerismo… en fin, un saludo y a continuar actualizando el blog 😉

    1. Me halagas zaidinera. Si te gustó el artículo, lo estoy haciendo en capítulos pues mi frustración a día de hoy es escribir un libro. Sé que lo lograré. Gracias por tu apoyo. Fdo.: José Carlos, un zaidinero.

    2. Gracias Zainera yo también lo lo soy, estoy de permiso y es cuando puedo actualizar y contestaros que eso para mi un valor incalculable…….

  2. ese carlitos¡¡¡ solo tu puedes hacer esos articulos, eres un makina escribiendo, sigue asi y recuerdos del Alberto. cuidaros mucho.

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