Cómo ha cambiado la cárcel (I)

Por José Carlos Medina

Por desgracia o por fortuna pisé estas ‘casas’ hace ya mucho tiempo, casi media vida. Y digo por fortuna, haciendo gala de la ironía de vivir, porque quizá en estos instantes no estaría escribiendo.

Fue en 1984 cuando perdí la ‘virginidad’, metafóricamente hablando, rompiendo así el débil velo que separa la libertad del claustro. Echo la vista atrás y el cambio en la cárcel ha sido brutal. Desde mi punto de vista, ese cambio ha sido positivo en casi todos los aspectos.

En cuestión de higiene podríamos hablar largo y tendido. La rata era una más en la convivencia de tu celda. Así como suena. Si se te olvidaba poner una botella a modo de tapón en aquel váter turco, te arriesgabas a que de madrugada te desvelara de tus sueños, en el silencio de la noche, el inconfundible ruido del que hurga entre plásticos.

Las latas vacías de melocotón de almíbar las usábamos como trampas para chinches. Las introducíamos en las patas de las literas, se les echaba un poco de agua y… ¡listo!. Ya estaban preparadas como trampas. Había que cambiar el agua de aquellos recipientes, al menos una vez cada dos semanas, porque en ellos rebosaban cientos de pequeños cadáveres, repugnantes bichillos llamados chinches. ¡Sí, amigos, así estaba el patio!

Las brigadas eran aquellas naves inmensas de techos muy altos en las que se ubicaban montones de camas. Allí nos hacinábamos construyendo una especie de chabolo gigante. ¿Os lo podéis imaginar? Hoy en día no somos capaces de ponernos de acuerdo con nuestro ‘compi’ de celda.  Entonces reinaba la anarquía, con una sola regla, norma o como queráis llamarle, que consistía en ser hombre. Lo que decía uno, lo inventaba el otro. Las anécdotas eran innumerables y, en ocasiones, nos lo pasábamos de puta madre.

Sí, la cárcel ha cambiado un montón. Había temporadas en que convivíamos hasta seis personas en una celda de 3×5 metros. Cuando dos de ellos estaban ocupados en sus quehaceres, los otros cuatro estábamos obligados a permanecer en el ‘sobre’. Las duchas eran comunitarias y estaban en el patio. En ellas se hacía casi todo menos ducharse. Eso de tener hoy ducha en el chabolo es un lujo de señores.

En aquellos tiempos se vivía y se respiraba el talego con más intensidad y compañerismo. Todos teníamos asumido el rol de compañeros de la misma trinchera aunque siempre había la excepción que confirmaba la regla. Dejando a un lado las rencillas, envidias y malos rollos, había compañerismo y formábamos una gran familia frente al sistema. La unión hacía la fuerza y nos lucía más el pelo a la hora de luchar por lo que creíamos nuestro. No se permitía de ninguna manera los abusos y queda por sentado que a los mayores se les tenía un merecido respeto.

Ahora todo ha cambiado y el compañerismo brilla por su ausencia. Quizá quedamos algunos que pensamos igual, que pertenecemos a la vieja escuela pero, por desgracia o fortuna, nosotros también hemos cambiado. Aquel espíritu revolucionario se esfumó un día junto a nuestra juventud, como humo de cigarro por la enrejada ventana.

Ansío mi última libertad pues no quiero terminar de envejecer aquí. (Continuará…).

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