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Quiero comenzar, como creo que no puede ser y no debe ser de otra manera, agradeciendo la petición de colaboración en esta revista por parte de su equipo editor.

Me incorporé recientemente a la Capellanía de la Pastoral Penitenciaria de este Centro, y desde entonces todo han sido oportunidades para aprender y aprender. Todo me huele a nuevo. Me sabe a diferente. Miro con ojos de niña asombrada todo este entorno de muros, rejas y seguridad. Escucho el palpitar de corazones y esperanzas. Y toco el dolor y el arrepentimiento, en las vidas de personas normales y sencillas, que un día tropezaron.

En el poco tiempo que llevo recorriendo las calles y los módulos de esta cárcel, he tenido la ocasión de conocer historias de retazos de vidas, rasgadas por las circunstancias y las equivocaciones. Aún resuena en el fondo de mi recuerdo, un compartir sincero con un interno de un módulo, que solo él conoce. Y como a fuego se grabaron aquellas palabras en mi memoria. La cárcel es un cementerio de personas vivas. Toda una bomba para la conciencia social. Los centros penitenciarios, como los Campo Santos, se sitúan en las afueras de núcleos urbanos. Lejos de donde la gente pueda venir sino es con una intención clara. Son lugares de silencio. De dolor. De simetría. Espacios con muros altos que impiden ver el interior. Creo que no es necesario que siga describiendo las semejanzas.

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Las diferencias sí que quiero subrayarlas. Y ponerlas con mayúsculas. AQUÍ VIVEN PERSONAS. Y me gustaría que este papel pudiera gritar y trasmitir, lo que afortunadamente solo se puede descubrir, entrando y abriendo la mente y el corazón.

El primer día que tuve oportunidad de compartir un poco de conversación con unos internos, me preguntaban cómo veía eso desde mi inexperiencia.

Y hoy, como entonces, volvería a decir lo mismo: “Esto es una gran ciudad, porque por las dimensiones, creo que debéis ser muchos. Y aquí, como fuera, debe haber distintos tipos de personas, más buenas y más equivocadas.”

Y en este contexto, el reto que se me plantea, desde la Capellanía, es apasionante: Caminar, Acompañar, Escuchar, Atender, Celebrar, Compartir…. y un largo etcétera de verbos en el Verbo; en la Palabra; en el Señor; en el Amor de quien nos dijo que: “Estuve en la cárcel y vinisteis a verme… en verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mateo 25,36-40)

Y aquí y de manera tan sencilla, discreta y profunda, Jesucristo se hace presente. Y desde Él la vida se puede ir reorientando; las heridas sanando; la ilusión estimulando y una nueva oportunidad de empezar, germinando.

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Quiero terminar, como empecé, con un gracias a todos/as quienes me habéis acogido y hecho sentir como “en casa”: compañeros de la Pastoral, voluntariado, internos/as, funcionarios/as, directivos/as y todos/as los que vais haciendo que este lugar sea un espacio de humanidad, de luz, de color, de sabor y de sentir, que todas las personas merecemos y necesitamos una mano que nos levante cuando nos hemos caído.

Mª Victoria Romero Hidalgo

Capellana de la Pastoral Penitenciaria

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La mente humana permite al universo el conocerse a sí mismo. Nuestra mente es un espejo del cosmos que, al reflejarlo, lo crea a medida y, es curioso el hecho de que cuando especulamos, solemos decir que el número de neuronas de nuestro cerebro coincide con las estrellas del universo. Que la mente sea una especie de conciencia del cosmos es una metáfora muy sugestiva y con muchas aplicaciones. En los años que llevo presentando actos en el sociocultural de este centro penitenciario, la he usado un par de veces. Y es que aunque la comparación parezca exagerada, lo cierto es que no deja de sorprenderme la infinita capacidad del ser humano cuando se pone frente a un micrófono.

Reconozco la transformación que sufre una persona cuando por las circunstancias que sean, le toca subirse a un escenario, sea este del tipo que sea, y toma un micrófono. Lo admito, no es nada fácil. Muchas veces, al darle la oportunidad a alguien de hablar ante el publico, me pregunto ¿qué irá a decir?, porque estoy convencido de que la mayoría de nosotros tenemos muy claro lo que queremos decir, pero… cuando llega el instante de ponerse al micrófono, pareciera que algún duendecillo interior, un “alter ego”, o ese personaje bipolar que todos llevamos dentro, de inmediato tomará el control para decir cosas que conscientemente ni habíamos pensado decir, o mencionar. Es como si a ese duendecillo interior que algunos llaman ego, le dieran luz verde par expresar algo más profundo de nuestra conciencia, algo con lo que habíamos perdido el contacto.

El sentido de lo que somos deriva de los pensamientos de esa voz, que desea contar mi historia personal y las cosas con las que me identifico, por eso quizás, delante de un micrófono nuestra mente busca la realización del momento, del instante, porque en el fondo, y más en prisión, vivimos en un perpetuo estado de insatisfacción personal, quizás porque nos queda pendiente lo más importante que hay en la vida, que es, el momento presente. O estamos ante una situación de oposición al momento presente, vale decir: “no me gusta donde estoy, esto no debería pasar, no me gusta lo que me hacen” o simplemente lo utilizamos para llegar al momento próximo en el que te gustaría estar. Y así las oportunidades y la vida se pierden poco a poco, sin darnos cuenta.

¿Qué hacer?, Creo que debemos pensar que delante de un micrófono o especialmente sin él, tengo el poder de elegir transformar el presente en un amigo, porque la vida y el momento presente son lo mismo, y no aceptarlo es atentar contra la vida.

Rafael P. Ortega

Módulo Enfermería

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Como modesto estudiante de Derecho no puedo evitar reconocer que el Derecho me atrae y que su estudio me produce una satisfacción sorprendente. Es fácil reconocer que estoy cayendo, complacido, en el feliz encantamiento de una ciencia magnífica, de unas teorías y leyes que son producto de la inteligencia, la experiencia y la prudencia humanas. Es inevitable llegar a entender el Derecho como el pilar básico e imprescindible donde se asienta nuestra sociedad occidental. Por todo esto el Derecho me gusta, me satisface intelectual y espiritualmente y me hace sentir un orgullo legítimo como ciudadano europeo heredero de una tradición legal de más de dos mil años. Es un orgullo estudiar un Derecho que ha evolucionado, creciendo junto a nuestras sociedades, respondiendo a los cambios, a la evolución del hombre, descubriendo y señalando a cada individuo como un ente poseedor de derechos. Sirviendo incansable como guardián silencioso de las libertades y de la dignidad del ser humano. El Derecho convertido en un padre grande, protector, cumplidor y ejecutor de leyes.

De este acercamiento también surge la pregunta de cual es el origen del Derecho. Cual ha sido la razón o la causa que nos ha llevado a su creación y nuestro sometimiento al mismo. Que naturaleza o razones le reconocemos al Derecho para que nos obliguemos a respetarlo y acatarlo. Y esta es la justificación para escribir este artículo: descubrir la naturaleza del Derecho, la razón de su nacimiento. Porque es su propia naturaleza, la que lleva implícita la razón de su existencia, lo que inconscientemente nos lleva a respetarlo y a venerarlo. Cuando eres un ciudadano honrado sabes que el Derecho, con cualquiera de las formas que le pueda dar la Justicia, está ahí para protegerte, para acogerte cuando te sientas amenazado o seas víctima.

Pero sigo insistiendo en la cuestión: ¿cual es el alma del Derecho? Cual es la razón autentica, profunda y real del la existencia del Derecho: ¿La inteligencia de los hombres? ¿La Historia? ¿Roma? ¿Las revoluciones? ¿El cambio social y económico? ¿La aparición de nuevas clases sociales?

Desde mi reflexión creo, hoy, esta mañana de primavera en prisión, que la verdadera alma del Derecho es el deseo de libertad. Es en el corazón del Derecho donde vamos a encontrar la respuesta, descubriendo que la causa que ha empujado al hombre a regular sus relaciones sociales, a ordenar sus vidas bajo códigos comunes, es el hambre de libertad, el ansia de libertad, la imprescindible e imperiosa necesidad de vivir libres. La libertad entendida como consecuencia de una vida sin miedo, sabiéndonos a salvo de los lobos gracias al Derecho y a sus hijas, las Leyes.

Y esta es una conclusión paradójica en mi caso y reconozco que a mi mismo me sorprende haber alcanzado. Paradoja que nace de mi condición actual de interno en un Centro Penitenciario, es decir una conclusión que es producto de la reflexión y el estudio de un hombre que está preso. Preso. Privado de libertad por el propio ejercicio del Derecho. Y continuando con la contradicción abundar en que nunca hasta ahora, en mi experiencia penitenciaria, he oído a ningún preso quejarse o maldecir al Derecho. Pueden hablar amargamente de leyes, hombres que las aplican, de esta sociedad cruel y desapegada de los condenados y sus circunstancias. Todos renegando de la Justicia. Pero no atacan al Derecho. Hasta el más malvado de los hombres respeta el Derecho porque todos reconocemos al Derecho como parte de nuestras vidas, como parte inherente a nuestra propia existencia. Convivimos desde nuestro nacimiento con el amor, la familia, estudios y trabajos, asumimos como parte de nuestra existencia la panadería de la esquina y nuestro bar favorito, el colegio y la oficina, el parque y el pueblo de nuestros padres, de esa misma manera es como el Derecho nos acompaña como elemento familiar e innato de nuestra vida. Es el Derecho al que reclamamos cuando algo nos indigna, el Derecho que nos indica lo justo y lo injusto, el Derecho que nos permite reclamar nuestros derechos. Porque de esa reclamación producida desde que el hombre es hombre, desde ese afán del ser humano por defenderse de lo injusto, nos ha llegado el Derecho como expresión del más importante de nuestros valores, de ese valor que nos hace dignos como seres humanos. Del valor de reclamar y conseguir esa libertad que nos ha regalado el Derecho.

Alfredo

Módulo 11

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Hola a todos, cuando me propusieron escribir un articulo para esta revista, lo primero que pensé fue “¿y ahora sobre que escribo yo?’’, pero en ese instante mi mente se fue a navegar por ese mundo virtual, a navegar por el internet de mi mente, y a como usar “esa Red’’ aquí en la cárcel.

Lo primero que habéis pensado al leer lo de Internet en la cárcel, es que estoy loco o algo parecido, pero no, solo “estoypreso.com’’, y os voy a decir el porqué…

Aunque Internet es real, instantáneo, y otras muchas cosas, también es virtual, tanto que uno puede crearse una vida totalmente distinta, otro nombre, otra forma de ser, y hasta otro físico, y todo en nuestro tiempo de ocio, tanto que nos hace sentir libres.

¿Y que es lo que hacemos aquí la mayoría en nuestro tiempo libre? , unas veces tenemos mucho y otras veces poco, pero en ese tiempo navegamos por nuestra mente, con la familia, con los amigos, y los lugares donde nos gustaría estar… Uhmm sitios donde me gustaría estar, pues como si de Google Maps se tratara o cualquier página de internet donde podemos ver un lugar en su estado actual o bien como estaba hace unos años.

Yo, estoypreso.com, cierro los ojos y conecto mi ordenador, o mejor dicho mi mente y recuerdo mi barrio, donde nací, donde me crié. El Albayzin, sus calles empedradas, sus cuestas, sus miradores, porque son muchos, aunque en mi mente destacan dos, el de la Lona y el de San Nicolás, y como mezclo las imágenes de hace poco, con las de hace treinta años, y como mi ordenador, perdón, mi mente compara esas imágenes de mi niñez con las actuales, y veo como han pasado los años, como hemos evolucionado, como “Casa Pasteles” ha cambiado. Ya no están esos taburetes para que los niños alcanzáramos la barra, pero uhmm, sí, eso sigue igual, el olor de los pasteles, a dulces, a gloria.

Esa Plaza larga, casi igual, poco ha cambiado de ayer a hoy. En fin, os dejo. Voy a seguir navegando en mis recuerdos, y os dejo no porque no pueda seguir contando lo que ahora estoy viendo, os dejo porque seguro que ahora vosotros también estáis navegando por vuestros barrios o vuestros lugares preferidos.

Y si no es así os animo a navegar por el Internet de nuestros pensamientos, deseos, anhelos, sueños…, porque en esos momentos somos “LIBRES” y sobre todo FELICES, `por eso os espero el próximo día en la nube de pensamientos de estoypreso.com

Francisco Alcalde García

Módulo 13

La paz interior – Por M.N.

Publicado: 20 octubre, 2014 en M.N.
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Cada día intento abrir lo más que puedo mis ojos, y mis oídos para poder percibir todo lo que sucede a mi alrededor. Al final siempre acabo con la misma conclusión: hasta que punto el ser humano es ciego y sordo, tanto, que no puede ver lo que esta tan cerca, ó sea dentro de sí mismo, y no puede oír o quizás no presta atención a lo que su propio ser le grita cada día desde el interior. Muchas veces al encontrarnos ante una decisión importante sentimos como algo nos dice: has esto, o esto otro, pero no lo escuchamos y tomamos otro camino. Luego, cuando los resultados no son los esperados nos lamentamos y pensamos: ¿porque no habré escuchado a mi intuición?, algo dentro de mi me lo decía”. Pero pronto lo olvidamos y seguimos esperando que llegue ese mago que nos cambie la vida, cuando realmente somos nosotros los que la vamos haciendo día a día con nuestras decisiones. Descubrimos tarde que siempre teníamos otra opción, otro camino, otra forma de enfocar las cosas, y entonces te das cuenta que podías haber dicho “Si” o “No”, que tenias otros caminos.

Muchas veces nos dejamos influir por las personas que nos rodean, por las circunstancias, por las creencias o por nuestra falsa moral, y claro el resultado suele ser lo contrario de lo que deseamos, entonces te lamentas y empiezas a buscar culpables, cundo somos los únicos que decidimos el rumbo de nuestras vidas.

Al hacer estas reflexiones he descubierto la de veces que me había centrado en cosas superfluas y sin importancia, que lo verdaderamente importante lo había dejado de lado, y el dolor que me causó esta actitud, pues al fin y al cabo todo es un problema de actitud. Lo que cada mañana sucede, esa chispa que nos hace abrir lo ojos, esa respiración que nos proporciona oxigeno sin que lo notemos y que nos mantiene vivos, todo esto se refuerza mi certeza de que en cada día hay una nueva oportunidad para hacer de nuestras vidas lo que queremos que sea, vivirla plena de alegría y tranquilidad, de dar y recibir todo el amor que seamos capaces de sentir. Cada día es una nueva oportunidad para disfrutar de una sonrisa, de una caricia y poder ofrecerla, sintiéndonos parte de un todo, como los engranajes de un gran mecanismo donde cada uno de nosotros tenemos nuestro lugar y función, sabiendo que a poco que mejoremos nuestra forma de percibir y actuar, todo el mecanismo mejorará con nosotros, que incluso una simple sonrisa es contagiosa, que podemos y debemos cambiar nuestro modo de ver la vida quedándonos con lo verdaderamente importante si queremos que este mundo cambie y sea mejor.

M.N

Módulo 10.